El parto de Sheila en Vall d’Hebron (Barcelona)

Cuando a mi me tocó, ya estaba la cosa un poco más tranquila comparado con marzo, pero con los mismos miedos y la misma soledad. A mí me programaron la cesárea en la semana 39. El día 15 de mayo nació Laura. 
Fue cesárea por decisión de los anestesistas por un inconveniente que tengo en caso de anestesia general. Vamos, se cubren las espaldas, y nació en la semana 39 por ser diabética.

En conclusión, me hicieron cesárea provínculo. Pudo entrar mi marido después de ponerme la epidural, pero cuando me vi sola fue cuando esperaba a entrar a quirófano. No les dejaban entrar a estar con nosotras, estar acompañadas. Yo tenía contracciones, ya lleva unos días así. Me tuve que levantar y sentarme del dolor. Esa es la pena que llevo yo, haber tenido contracciones y no dejarme tener un parto vaginal.

Sin visitas, pero con mascarillas

Estuvimos sin visitas, cosa que sinceramente agradecí, pero lo que nos marcó fue tener que llevar la mascarilla día y noche. Que nos conociera nuestra hija así, sin poder ver nuestros labios, ahogándonos, era agobiante y deprimente.

El trato fue muy bien, aunque yo tuve que soportar algún comentario no muy adecuado: «¿Cómo va a hacerse una cesárea provínculo si es diabética?». «No insistas más» (porque yo no paraba de pedirla, tal y como me aconsejó la anestesista jefe cuando hablé con ella), «lo importante es que salga todo bien». «No, no podemos dejarte los brazos sueltos». Menos mal que el anestesista me apoyó en todo momento.

Como dirían, sí, todo salió bien pero pasamos mucho miedo, mucha incertidumbre y eso pasa factura. El no poder ir acompañada a las ecos ni a las visitas de la ginecóloga fue duro. Hubo luces y sombras.

Sheila

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