El parto de Sheila en el Hospital Sant Joan de Déu (Manresa)

Hacía una semana que se había decretado el confinamiento y que habían cerrado las escuelas.

Yo estaba de 39 semanas y soy de las que pensaba que esto terminaría pronto.

Pensaba, mira … Parirás y disfrutarás de una tranquila estancia en el hospital.

De hecho, deseaba que no fuera de la magnitud que parecía.

Salía de cuentas el 18 de Marzo. Esa misma semana tenía la última visita para hacer monitores. Fui sola. Con mascarilla y me encontré un pasillo y protocolos que me estremecieron.

Llevaba casi una semana en casa, con mi hijo mayor intentando no pensar en nada más.

La madrugada del 22 de Marzo rompí aguas. Llamamos a mis padres un par de horas después viendo que las contracciones eran muy seguidas.

Al llegar al hospital, bajamos a la planta de ginecología. Me monitorizaron y me miraron. Ya estaba dilatada de 3cm y con bolsa rota. Al ser el principio de esta loca pandemia, no estaba obligada a llevar mascarilla todo el rato. Suerte. Pero sinceramente no recuerdo si la llevé durante el parto o no. A los 5cm me pusieron la epidural. Y en nada Biel ya quería salir.

Algo empezó a ir mal…

Pero la máquina empezó a pitar. Estaba a punto de comenzar los pujos cuando algo empezó a ir mal. Me bajó la saturación y me tuvieron que poner las gafas nasales. Esto podía afectar al bebé si no llegaba suficiente oxígeno. Supongo que es uno de los motivos por el que tengo tantas nubes de memoria de ese día. Pero no fue lo peor… A los 10 minutos de empujar, y con el espejo delante vi como hacía magia.

Yo, cogida de la mano de mi compañero de vida, lo estaba volviendo a hacer.

Teniendo a Biel encima, piel con piel durante más de dos horas nada importaba. Pero no me encontraba bien. No paraba de sangrar, y sabía que no era normal. Y estaba demasiado cansada para el buen parto que había tenido. Me intentaron «limpiar» por dentro manualmente. Sin anestesia y fue horrible. Cuando me dijeron estás lista para subir a la habitación e hice el cambio de cama volví a notar una hemorragia. Pero era normal decían…

El camillero que me tocó me dijo, «me has alegrado el turno. Llevo 12h con pacientes de Covid y es una pesadilla. Que me toque una nueva vida ha sido el mejor del día“. Y me sentí bien.

Al llegar a la habitación y volver a hacer el cambio de cama lo volví a notar…

Y estaba muy cansada. Recuerdo las enfermeras y Dídac pedirme todo el rato si me encontraba bien. Y yo sólo decía que tenía sueño. Y que no tenía fuerza para coger a Biel.

Lo siguiente que recuerdo es sentir a alguien decir, «Volvemos a bajar. No está bien».

Las hemorragias no eran normales.

Me tenían que hacer un raspado, como si de un aborto se tratara.

Vuelta a quirófano

Al bajar a quirófano, yo ya no veía nada, no sentía nada, estaba más allá que aquí.

Sí que sé que la anestesista que me tocó me hizo encontrar aún más mal.

Por una mala experiencia con el primer parto la epidural me daba mucho respeto, y esta vez había ido muy bien. No quería volver a probar suerte.

Ella, no muy amable, dijo que no podía utilizar la anestesia que te ponen con mascarilla, sino que tenía que volver a pinchar. Y yo, entonces me hundí.

Entre los nervios, el miedo, las hemorragias y todo estaba a punto de desmayarme.

Recuerdo vomitar, llorar e implorar si alguien podía darme aunque fuera la mano.

Y sólo una enfermera lo hizo, y me cuidó.

Estaba sola y acojonada.

La intervención duró media hora a lo sumo. A mí, se me hizo eterno.

Bajé a las 12 a quirófano. Y sobre la una de la tarde me «aparcaron» literalmente en un rincón de la zona de recuperación.

Nadie me decía nada.

Ni a mí, ni a él que estaba arriba en la habitación.

Ni siquiera sabía que había estado en quirófano.

Él solo arriba con nuestro bebé. Yo sola abajo sin saber nada.

No sabía ni el rato que estaba pasando. Pero cuando conseguía hablar con alguien que pasaba por allí sólo me decían que no había suficiente personal para ir subiendo y bajando gente.

No me lo podía creer. Mientras esperaba si alguien más pasaba y me podía decir algo, sólo dormía.

La última persona que pasó, una enfermera, me dijo que tuviera paciencia, que había muchas mujeres que acababan de tener a su bebé que aún no habían podido subir a la habitación.

Y yo le contesté, de malas maneras, que era una borde. Que ellas quizás no podían subir a la habitación, pero yo hacía no sé cuántas horas que me habían separado del mío. Y lloré, mucho.

Por fin me vinieron a buscar, y ya no era el camillero de la primera vez.

Siete horas sola

Al entrar a la habitación, y ver qué hora era, no me lo podía creer. ¡Las siete de la tarde! Llevaba más de siete horas sola, sin mi bebé, sin saber nada y sin poder hacer nada.

A partir de ahí todo fue medianamente con normalidad, con sus cosas buenas y malas de un hospital. Pero a mí, eso me dejó bien marcada. Marcó el inicio de una lactancia que no funcionó, una ansiedad creciente y un cúmulo de sensaciones que nunca olvidaré.

Estar separada de mi hijo mayor las 48 horas de hospital fue complicado, pero tenemos toda la vida para estar juntos.

He tenido la suerte, de tener un familiar de confianza, un ángel de la guarda, que me acompañó todo el embarazo y todo el posparto, atendiendo mis dudas, mis miedos y mis inseguridades.

Y ahora, que alguien nos diga, que maternar es tan fácil como cualquier otro trabajo.

Que nacemos sabiendo hacer todo esto. Que está dentro de nuestro adn ser madres.

Ser madre es complicado, y serlo en medio de una pandemia mundial te lleva a límites que no sabías ni que existían.

Así que, termino diciendo que nunca hubiera pensado que soy capaz de hacer todo esto y más.

Nos tenemos que empoderar. Nos lo tenemos que creer. Hacemos magia.

Sheila

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