El parto de Elena en la Fundación Puigvert (Barcelona)

Cuando se decretó el estado de alarma y nos confinaron en casa, yo estaba embarazada de 34 semanas. Creía que para cuando saliera de cuentas esto ya habría pasado todo, no sé si era ingenuidad o una estrategia de mi mente para no volverme loca. A medida que pasaban los días veíamos que aquello iba para largo y las noticias no ayudaban, leía sobre partos con mamás dando a luz solas, a las que separaban de sus bebés tras haber dado positivo… y la angustia me superaba.

Lloraba casi cada día. Tal era mi miedo a contagiarme que decidimos que yo no saldría de casa para nada, excepto claro, las visitas del hospital. Pisé la calle dos veces en 6 semanas, recuerdo la Gran Vía desierta y mi padre esperándome en el coche con guantes y mascarilla. En la sala de espera del hospital no había nadie y una ginecóloga que no conocía revisó lo mínimo imprescindible.

El día de mi FPP fue mi marido quien me acompañó a los monitores pero, obviamente, entré sola. Aprovechamos para que ese rato mi padre se quedara con nuestro hijo mayor, de dos años y medio, que llevaba dos meses en casa con sus padres a tiempo completo y sin ver a nadie más. 

Recuerdo mis últimos días de embarazo con una mezcla de sentimientos, por un lado tenía ganas de conocer al pequeño pero sentía que no tenía la prisa que tuve con el primero. «Para lo que le espera fuera…», pensaba. Por suerte, la atención a los partos en casi todos los hospitales de Barcelona se reubicó a otros centros para que fueran zonas limpias de COVID.

Mi hospital, que era Sant Pau, trasladó los partos a una clínica que queda justo al lado, la fundación Puigvert.  Eso me generó mucha calma. Además seguía su cuenta de Twitter donde explicaban cómo estaban trabajando allí y hacían una breve referencia a cada bebé que iba naciendo. Me ayudaba ver que otras familias pasaban por lo mismo que nos esperaba y todo salía bien.

Así nació Lluc

La madrugada del 25 de abril me puse de parto y fuimos al hospital por la mañana. Al llegar nos dieron unas mascarillas de papel (entonces no era fácil encontrarlas en farmacia) con un «no sirven de nada pero os las tengo que dar». En seguida me valoraron dos matronas, que me contaron cómo habían cambiado los turnos para adaptarse a la pandemia. Nos pasaron a la habitación donde, horas después, nació mi hijo.

Su padre estuvo presente en todo momento y teníamos unas vistas maravillosas al recinto modernista de Sant Pau. El trato por parte de todo el personal que nos atendió fue genial y casi nos olvidamos de lo que estaba pasando en el mundo. De hecho, no nos hicieron ninguna prueba de COVID. Minutos antes de nacer Lluc, la matrona nos dijo: «Lo siento, me tengo que disfrazar» mientras se ponía el EPI. Luego, con mi bebé ya encima de mi pecho, pregunté si me podía quitar la mascarilla (entonces ya una quirúrgica) y me dejaron sin problemas.

Presentamos el bebé a la familia por videollamada y estuvimos solos en una habitación individual, poniéndonos las mascarillas solamente cuando entraba algún enfermero o doctora, sin las infinitas interferencias que recuerdo de mi primer parto (tomas de tensión de madrugada, etc). Disfruté mucho esas horas solos los tres, conociéndonos, iniciando la lactancia sin interrupciones (por suerte era mi segunda experiencia), pero siempre me había imaginado esos momentos con mi hijo mayor presente.

Afortunadamente nos pudimos ir de alta al día siguiente del nacimiento y los hermanos se conocieron en casa. El posparto fue tranquilo, los cuatro en casa, sin las prisas de la vida «normal», aunque echamos muchísimo de menos a la familia. Por suerte, el día que Lluc cumplía un mes, pasamos a fase 1 en Barcelona y pudimos ver gran a parte de familia y amigos. 

A pesar del momento excepcional en que llegó al mundo, el parto de Lluc fue bien y siempre lo recordaré con una sonrisa.

Elena

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