El parto de Bel en el Hospital Virgen del Rocío (Sevilla)

Era allá por septiembre del 2019 cuando me iba a hacer una radiografía. Acabábamos de empezar en eso de «¿probamos a ver qué pasa?». Aún no tenía ni mi primera falta cuando justo antes de la radiografía tuve una corazonada. Esperando mi turno, me dio por pensar en mí corazonada, ir a la farmacia a comprar un test de embarazo, pensar en lo loca que estaba porque, en fin, con 37 años igual no era tan fácil quedarse embarazada (tampoco antes lo había intentado) y buscar a alguien con bata blanca que me dijera qué era eso que había salido en el predictor.

– Estás embarazada.

– ¿Qué?!!!!

Así que ahí empezó la aventura que se completó con cómo dar la noticia a unos padres que aún no conocían al futuro papá y al propio papá. Siendo una persona de corazonadas, no fue difícil dar la noticia ya que de casta le viene al galgo! Familia de corazones, corazonadas. Pero lo difícil no fue eso, fue vivir un embarazo al borde de declararse una pandemia mundial. Solos, rodeados de nosotros mismos y de un embarazo de manual.

Sí, de manual. Toooodo lo que se puede tener o puede pasarle a una embarazada en un embarazo lo tuve. Bueno, algo no era de libro. Pillé paperas y no tuve preclamsia (¡menos mal!). Por el contrario de lo que parecía, mi tercer trimestre fue el más sereno. El más dulce. Aunque el parto…Ay, amiga! De eso no me avisaron.

No me avisaron de nada en realidad. Siendo primeriza, no conté con clases de preparto. No sabía cómo respirar ni cómo no hacerlo. No sabía qué tenía que hacer ni qué no. Sólo sabía que mi embarazo era de alto riesgo por un par de patologías previas, que durante un día completo me quedé ingresada sola, solita, sola, por si pudiera tener covid, que me tuve que ausentar de mi trabajo por ser maestra de infantil y por todos los padecimientos que tuve, que contraje paperas aunque, por fortuna, no tuve consecuencias para la bebé, que me hartaba de mini maxibon, que tuvimos que poner mi cama de solterita junto con la de matrimonio porque necesitaba los mismísimos Campos Elíseos para descansar, pero que no por esas… Y que una buena noche, a las 03.30 (capicúa, ¿cómo no?), rompí aguas. 

Y llegó el gran día

28 horas después entendí que romper aguas no significa estar de parto. Comprendí que vivir un parto no te exime de acabar en el quirófano. Comprendí que dar el pecho llegaba a ser un suplicio si tienes que curarte de estar contracturada, además de rajada, hasta la uña del dedo meñique y que dar el bibi podía suponer tu salvación. A esto le sumamos algo que llegué a comprender mejor que todo lo anterior… Vivir el embarazo y el parto y el posparto y la llegada de tu personita preferida en el mundo de una manera jamás imaginada y más lejos que cerca de mis seres queridos.

También he de decir que yo lo elegí así. Por responsabilidad y por amor. Porque nunca me costó trabajo entender que a veces hay que hacer pequeños sacrificios para un bien mayor. Ante algo tan incierto, invisible y peligroso, quizás, la mejor forma de amarnos era con mucho cuidado y con una mascarilla que, lejos de descubrirnos la sonrisa, nos descubría la mirada. 

Ahora estoy disfrutando de mi familia como debemos hacerlo todos: con cautela y cuidado porque lo cierto es que ¡nos necesitamos! Además, ya me voy acostumbrando… Total, ¡no conozco un embarazo diferente! 

Esta es mi historia, coronamami. 

Un abrazo grande de otra coronamami.

Bel

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