La nueva normalidad

Soy feliz. Ahora sí, aunque ha costado un poco. “No te preocupes si no notas las maravillas de la maternidad según nazca el bebé; a veces, tarda un poco”, le leí un día a Lucía Galán (Lucía, mi pediatra). Esas palabras me han acompañado durante este primer mes y medio de vida de Gabriel y me han dado fuerzas para creer que no estaba sola en medio de este caos y que yo también conseguiría sentir que ser madre es lo más maravilloso que me ha podido pasar en la vida. Así es. Ahora sí.

Tres frases que ya cansan

La primera vez que me dijeron «disfruta del embarazo, que pasa volando», me lo creí. Acababa de ver el positivo en el test y la vida me parecía maravillosa. ¡Estaba embarazada, claro que tenía que disfrutarlo! La alegría duró poco. Pronto empezaron las naúsesas matutinas, esas que me obligaban a levantarme y meterme algo al cuerpo antes de intentar hacer nada más. Una vez, valiente de mí, me dí una ducha antes de desayunar y creí que no salía para contarlo.

Carta a mi hijo

Gabriel, me has convertido en mamá y este primer Día de la Madre, este 3 de mayo de 2020, será para siempre de los dos. Desde hoy te prometo que dedicaré cada segundo a dar lo mejor de mí para que tú puedas llegar donde quieras. No hablo de llegar alto, ni de llegar lejos. Si no de llegar hasta donde decidas pararte. Que construyas tu propio camino feliz, seguro y convencido de lo que haces.

¿Fin de mi cuarentena?

Han pasado ya más
de seis semanas desde que nació Gabriel y me sigue costando reconocerme. No
sólo en el espejo, cuyo reflejo me devuelve unas caderas marcadas, unos kilos
de más, unas ojeras oscuras y largas. Y tuve suerte, porque la barriga se quedó
en el paritorio, aunque siento que su flacidez me acompañará toda la vida. Digo que no me
reconozco y no hablo de mi físico, que también (no quiero ni recordar todos los
pantalones que me esperan en el armario y que aún no consigo subir de la
rodilla). Me refiero a que todo ha cambiado tanto que siento que la vida me
pone a prueba una y otra vez.

Yo también pedí ayuda

El viernes empecé a terapia, harta ya del cansancio extremo, de tus gritos desconsolados, de esas ganas de querer huir de todo. Harta de no ser capaz de sentirme madre, de sentirme solo pequeña, muy pequeña, en un mundo que se ha vuelto loco y me ha dejado arrinconada en una vida que no reconozco y que, desde luego, no disfruto.

La soledad, la terrible soledad

Incomprendida. Así me siento en esta doble cuarentena, con un encierro que se me hace cada día un poco más difícil. Dicen que el posparto es el gran olvidado. Cualquier posparto, en cualquier situación. Pues ahora súmale a ese dolor de cuerpo que va de arriba abajo y a esa revolución hormonal incontrolable que no puedes ver a tu familia. No hablo de primos y tíos, no. Que no puedes ver a tu madre, ni a tu padre, ni a tu hermana. Y no porque estén lejos, sino porque alguien ha decidido que no es “esencial” que una recién parida reciba la ayuda de su núcleo familiar más cercano.

Un mes de vida, un mes de encierro

Hoy Gabriel cumple un mes, ajeno a todo lo que ocurre a su alrededor. Duerme, llora, come… nos mira con sus enormes ojos, se parte de risa en sueños. Se podría decir que es feliz, que tiene todo lo que necesita. Por suerte, no sabe todo lo que se está perdiendo por haber nacido cuando ha nacido. Le faltan besos, muchos besos, de todos sus abuelos, le falta el cariño de sus tíos, le faltan las risas de sus primas. Le falta el aire fresco, los paseos en el carricoche, las escapadas con sus papis a algún merendero con tortilla y sol.

Antes de juzgar…

El segundo golpe de realidad fue la lactancia materna. Otro tema estrella durante todo mi embarazo. No podía estar más mentalizada sobre que dar el pecho era lo mejor para mi bebé. Me creí a todas las que me dijeron que había que desterrar la coletilla de “yo voy a dar el pecho si puedo…”. Me aseguraron que todas podíamos, que era cuestión de prepararse y de echarle tiempo y ganas. Y a mí ni me faltó el tiempo ni me faltaron las ganas. Y no pude.

Veintiún días en doble cuarentena

Dicen que hacen falta veintiún días para adquirir un hábito. Ahora sé que es cierto. Ayer Gabriel cumplió tres semanas y en realidad parece que llevara toda la vida con nosotros. En este tiempo, me ha enseñado que el noventa por ciento de las veces que llora es por hambre o que si le preparamos el agua calentita no se queja mucho en la bañera. Que prefiere mil veces dormirse en cuello que tumbado en su cuna o que darle algunos botes sobre la pelota de pilates es la mejor manera de calmarle. Que si se muerde la mano no debo tardar más de un minuto en prepararle un biberón o que no hay chupete que valga, por mucha rabieta que tenga.

La tozuda realidad

Durante todo el embarazo me informé. Compré multitud de libros y busqué los mejores referentes en los temas que más me preocupaban durante aquellos largos meses; entre ellos, el parto. Quería asegurarme de que sabría hacerlo bien. Creía que leer me empoderaría y me daría seguridad y fuerza para afrontar una experiencia que hasta entonces era completamente desconocida para mí.